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Uno de los lugares que vino a ser, por derecho propio, escenario quintaesencia! del nuevo ritual puertorriqueño del pasadía playero fue el Escambrón Beach Club, un club privado inaugurado el 26 de agosto de 1932, construido por el ingeniero Félix Benítez Rexach. El referido club estaba localizado en el extremo oriental de la isleta de San Juan entre la Punta del Escambrón y el antiguo fuerte de San Jerónimo. En dicha rada protegida del embate del océano Atlántico, Benítez Rexach construyó un paseo tablado sobre el agua que transformó el sitio en lo que los contemporáneos llamaron "la piscina exterior más grande del mundo." En la playa se construyeron casas de baño, un café al aire libre y un salón de baile en el que una orquesta tocaba ritmos puertorriqueños y americanos. Este era el punto de contacto entre los criollos caribeños y los rubios norteños, quienes al ritmo erotizante de las olas, compartían un momento de disfrute de lo que Marc Auge ha llamado "futilidades esenciales."
“El salón de las naciones”, una amplia pista con piso de mármol pulido, ligeramente resbaladizo, ideal para bailar, ocupaba casi todo el espacio de la nave principal. Tenía dos tarimas situadas en lados opuestos y una barra cerca de la puerta noroeste que daba al balneario en forma de herradura. Las dos puntas estaban unidas por un puente de madera en cuya base submarina se adaptó un enrejillado de metal para impedir el paso de picúas y tiburones. Se aseguró la quietud de las aguas construyendo un rompeolas de roca y cemento localizado a mar abierto, al otro lado del puente. El área sureste contaba con cabañas para alquilar a los socios pero la atracción sería la pista de baile rodeada de ventanales con cortinas corredizas y puertas de cristal que al abrirse conectaban a terrazas que se adentraban en el mar.
Miguel Vidal, tío de Paquito López Vidal, actuaba como gerente general y además de administrar el casino de juego discretamente localizado en el segundo piso, seleccionó, para la inauguracion, la orquesta oficial del Escambrón. Para esto último escogió a la
Orquesta de Don Rivero la cual tenía como cantante a Deogracias Vélez. El nombramiento de Don Rivero se apoyaba en el convencimiento que podía
suministrar un tipo de música conforme a normas de “buen gusto”. Nada de estridencias, el volumen controlado, preferiblemente bajo de manera que socios y chaperonas que no salían a bailar pudieran conversar en las mesas. De vez en cuando, se les dejaba escuchar un pasodoble o mejor, algún viejo vals.
Cuando en 1934 Don Rivero partió hacia New York, Rafael Muñoz fue
seleccionado para remplazarlo como el director de la Orquesta del
Escambrón. Desde entonces a la agrupación se le conoció como la
Orquesta de Rafael Muñoz, permaneciendo en El Escambrón hasta el 1942.
En 1951 Moncho Usera fundó la orquesta que, hasta el final de sus días, se identificaría con su nombre. Esta organización fue contratada para actuar permanentemente en el Escambrón Beach Club, alternando con Leocadio Vizcarrondo y su Septeto Puerto Rico.
A pesar de su sencillo ofrecimiento y sus mínimas instalaciones, el Escambrón fue un éxito entre los turistas norteamericanos, al extremo de que el gobernador Blanton Winship decidió utilizar la propiedad adyacente para la construcción de un hotel. El ingeniero Benítez Rexach tuvo la misma visión y logró convencer al gobernador para que le vendiera la propiedad por $20,000, de manera que el hotel fuera una instalación complementaria al exitoso club playero. De esta forma se unirían la provisión de una hospedería turística al servicio del mercado norteamericano y el rumboso espacio de antillanidad que significaba el Escambrón con su culto diurno a los sentidos,
embravecidos luego con noches de bohemia tropical.
El Escambrón Beach Club —con su aire de connivencia, su alegría de vivir y su estilo informal- representaba un mundo de diferencia del rancio refinamiento del Gran Hotel Condado Beach (anteriormente Condado Vanderbilt). Este era el emporio de la alegría, del bolero, de la guaracha, del danzón, la danza y el son montuno. La pista de baile más elegante, más pintoresca y más grande el país donde las orquestas de Rafael Muñoz - con su vocalista José Luis Moneró- y de Mario Dumont, fundaron en las canciones de Silvia Rexach, Ivonne Lastra y Paquito López Cruz la materia prima para las nostalgias de la última mitad del siglo.
En alto contraste con el mundo circundante de las grandes guerras que vivía la humanidad, la sociedad sanjuanera vivió amores y desvaríos que iban a terminar en el puente de madera que circunscribía la rada del Escambrón, pobremente iluminado a propósito. Ese lugar resumía todas las virtudes y los defectos de una sociedad clasista que estaba a medio camino entre la aristocracia del Casino y la masa popular del Guadalquivir.
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